El fenómeno therian y la crisis contemporánea de la antropología. Una evaluación bíblico-teológica.
- implapintanaolivar
- 22 feb
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Giovanni Zamorano
Introducción
El movimiento therian (therianthropy contemporánea) constituye una subcultura moderna en la cual ciertos individuos afirman identificarse ontológica o psicológicamente como animales no humanos. Aunque no se trata de una religión estructurada, sí implica una cosmovisión antropológica implícita que redefine la identidad humana.
Desde la perspectiva de la teología cristiana histórica, este fenómeno no puede analizarse meramente como una expresión cultural marginal, sino como síntoma de una crisis antropológica más profunda: la ruptura entre identidad creada y autodefinición subjetiva.
Este ensayo evaluará el fenómeno a la luz de cuatro ejes doctrinales: creación, caída, redención y consumación, integrando la doctrina bíblica, fuentes patrísticas y reformadas en diálogo crítico con la cultura contemporánea.
I. Creación: La distinción ontológica entre hombre y animal
La antropología bíblica comienza con la declaración de Génesis 1:26–27, donde el ser humano es creado imago Dei. Esta afirmación establece una distinción ontológica fundamental entre humanidad y animalidad. En Genesis 2:7 el ser humano es creado por el propio Dios, como un alfarero da forma a su obra, desde la “adama”, y entonces recibe el aliento de vida. A diferencia de los animales cuya existencia viene por mandato divino, al ser humano las mismas manos de Dios le dan forma (hablando metafóricamente). Lo que subraya el autor es la diferencia, cercanía y el cuidado que conlleva esta nueva creación.
Además, las escrituras nos siguen enseñando que el ser humano recibe el dominio sobre los animales (Gen 1:28), es coronado de gloria y honra, puesto sobre la creación (Sal 8:5) y creado con la eternidad en su corazón (Ecl 3:11). Todo esto evidencia que el ser humano posee una dimensión que trasciende lo meramente biológico e incluso propiamente animal.
Ireneo de Lyon capto muy bien esto al escribir en su Contra las Herejías: “El hombre fue plasmado por las manos de Dios… Pues convenía que primero el hombre fuese creado, que una vez creado creciera, una vez crecido llegara a la adultez, hecho adulto se multiplicase, multiplicado se consolidase, consolidado se elevase a la gloria, y en la gloria contemplase a su Señor. Pues es a Dios a quien ha de ver” (Ireneo, ca. 180/2012, IV.4 y 38.3). Este es un ejemplo en que la patrística subraya que la humanidad posee vocación teleológica: comunión con Dios. Cita que confirman bellas enseñanzas escriturales como las de amar a Dios con todo el ser (Dt 6:5) y Miq 6:8 en donde vivir en relación ética con Dios refleja esta instancia especial de comunión con él.
El animal no participa de esta vocación espiritual. Por tanto, la confusión identitaria no es simplemente simbólica; es una alteración del orden creacional.
Así mismo en la teología reformada clásica, Juan Calvino afirma que: “La imagen de Dios resplandece en el hombre en cuanto es criatura racional, dotada de entendimiento y voluntad” (Calvino, 1559/2009, I.15.3). Para Calvino, la identidad humana no es producto de autoconstrucción sino don creacional. La autoidentificación como animal no humano implicaría una negación práctica de esta estructura ontológica. En Colosenses encontramos que el nuevo creyente es uno que disfruta de una renovación conforme a la imagen de su Creador (3:10), es el nuevo hombre creado según Dios cuya identidad humana no es construida, sino recibida como don creacional.
Y si consideramos a Tomas de Aquino, veremos que el ser humano a pesar de ser considerado por el como un “animal racional” (concepto tomado de Aristóteles), tiene una diferencia cualitativa. El animal esta en el nivel sensitivo y su facultad es la percepción, pero en cambio el ser humano esta en un nivel intelectivo y su facultad plena es la razón y no la percepción. Por esto el hombre es de acuerdo con la verdad y la verdad es la adaequatio intellectus et rei (la adecuación del entendimiento a la realidad). Entonces cuando alguien se identifica como algo que no corresponde a su ser real, hay error en el intelecto y un desajuste entre percepción y realidad. Admas agrega el Aquinate, que cada ser tiene una naturaleza propia y cada naturaleza tiene fines propios. Por esto es que vemos una creación diferenciada en los primeros capítulos de Genesis (1:24-27). En este capitulo vemos diversidad y orden, pues el texto menciona tres categorías: "bestias" (animales salvajes), "serpientes" (reptiles y animales que se arrastran) y "animales de la tierra" (ganado y animales domésticos) cada una según su especie. Luego a diferencia, para la creación del ser humano hay una especie de deliberación divina "Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza...", de donde debemos destacar que se produce una diferencia fundamental, el hombre no es creado "según su especie", sino "a imagen de Dios" (Tsélem Elohim). Esta Imagen (Tsélem) y Semejanza (Demút) eleva al ser humano por encima de toda la creación animal; solo el hombre puede comunicarse con Dios y responder a Su revelación. Jesus dirá en Mateo 10:31: “valéis más que muchos pajarillos”.
El therianismo entonces desvirtúa la naturaleza propia como ser humano (su imagen y semejanza) y desvía del fin propio para el cual fue creado. Fin que las confesiones reformadas como el Catecismo menor de Westminster declara hermosamente en su primera pregunta: “glorificar a Dios, y gozar de Él para siempre”, ¿no es esto comunión perfecta y completa con Dios?
II. Caída: Distorsión de la identidad y desorden del deseo
La caída introduce una fractura en la autopercepción humana. El apóstol Pablo en su Epístola a los Romanos 1:22–25 describe el intercambio (metēllaxan) trágico de la verdad por la mentira, obteniendo como consecuencia la inversión del orden creado. El hombre ahora redefine la realidad desde sí mismo (Gen 3:6-7) produciendo para sí mismo vergüenza y desajuste interior (Gen 3:10).
Agustín de Hipona explicaba esta dinámica como amor curvatus in se, el amor curvado sobre sí mismo. Esto quiere decir que “El hombre, al apartarse de Dios, se vuelve hacia sí mismo y se desordena” (Agustín, 426/2008, XIV.28). Esto es lo que Pablo describe como la situación que define ahora al ser humano, primero como alguien que intercambia de la verdad por la mentira, que invierte el orden creado y que finalmente en esta curva termina adorando a la criatura en lugar del Creador (Rom 1:22–25).
La identidad desligada del Creador se convierte en proyecto de autonomía. Desde esta perspectiva, el fenómeno therian puede interpretarse como manifestación contemporánea del desorden introducido por el pecado: no destrucción de la imagen, sino distorsión de su orientación, incluso como una curva donde el animal reemplaza no solo al hombre, sino al que le dio su identidad, a Dios mismo. Después de todo, ¿rechazar al ser humano no es rechazar a Dios mismo que es su creador y de quien obtiene su identidad?.
En la obra de Hans urs von Balthasar, especialmente en su obra cumbre, Gloria (Herrlichkeit), encontramos una orientación teológica excepcional. Nos indica Balthasar que la identidad se comprende como una forma (Gestalt): una configuración visible que expresa una verdad interior, que no solo es conceptual, sino bella y manifestada. La Gestalt plena del ser humano es Cristo quien es el "resplandor" (splendor) de la verdad del ser. El ser humano entonces, tiene una "forma" específica. No es una masa moldeable al gusto del deseo, sino una configuración dada por el Creador que comunica una dignidad sagrada. Colosenses 1:15 nos dice que Cristo es "la imagen (eikon) del Dios invisible" (podríamos decir el "resplandor" (splendor). En Él, la forma humana alcanza su máxima transparencia: el hombre Jesús manifiesta plenamente quién es Dios. Y si Cristo es la forma definitiva, entonces ser "verdaderamente hombre" significa parecerse a esa forma. El ser humano es bello porque refleja la luz de esa Gestalt suprema, Cristo.
El fenómeno therian, reconfigura esta forma humana bella y con ello opaca la belleza revelada en Cristo que es la forma definitiva de la existencia humana, verdadera belleza del “ser” hombre. Al alejarse de la forma humana, se oscurece la capacidad de esa persona para manifestar la imagen de Cristo. La belleza del "ser hombre" se pierde en una mezcla que no corresponde a la verdad de su creación. El fenómeno therian no sería una "ampliación" de la identidad, sino una desfiguración que impide que la luz de Cristo brille a través de la naturaleza humana específica.
III. Redención: Cristo como restauración de la verdadera humanidad
La cristología es decisiva. La epístola a los Colosenses 1:15 declara que Cristo es “la imagen del Dios invisible”. Por esta razón afirmaba Atanasio de Alejandría que: “El Verbo se hizo hombre para que el hombre fuera restaurado” (De Incarnatione, 54). Esto es de suma importancia porque nos enseña que la encarnación no asumió una naturaleza animal, sino una naturaleza humana. Y con ello se confirman 3 principios importantes en antropología teológica:
La dignidad singular de la humanidad.
La centralidad del hombre en la economía redentora.
La restauración de la “imago Dei” en Cristo (Ef 4:24).
La cristología es central para restaurar la antropología. Pues Cristo, no solo es la imagen del Dios invisible, es el nuevo Adan (Rom 5:12-19) quien restaura la imagen de Dios en el ser humano y es nuestro nuevo modelo de vida. Si el Verbo se hizo carne (Jn 1:14) esto implica que participo de nuestra humanidad (Heb 2:14–17) y si participo de nuestra humanidad, afirmo la dignidad de la naturaleza humana. Y es tan valiosa nuestra dignidad humana, que la redención ocurre en la humanidad, y no fuera de ella.
Esto debe llevarnos a entender que la identidad no se encuentra en una autopercepción subjetiva, sino en la participación objetiva en Cristo, es decir cuando el ser humano es “unido a Cristo”, a aquel que nos dignifico al hacerse un hermano nuestro.
Esta restauración le permite al ser humano, en palabras de Karl Barth, ser “El hombre cuyo ser, es al que Dios se dirige en Jesucristo”. Es decir que la identidad humana es definida por ese acercamiento de relación de Dios hacia el ser humano, pues Dios es el que viene en Cristo al ser humano y no a un animal para relacionarse. Las consecuencias son claras, al identificarse como animal, ya no hay hombre al cual Dios se dirija. Ya que Barth rechaza la “imago Dei” y prefiere la “analogia relationis”, de todas formas, como se comprenda, hay una ruptura de relación, porque una parte se reinterpreta fuera del encuentro con Dios y, en cierto modo, fuera del encuentro humano. Y esto para Bath es una “imposibilidad humana”, porque el hombre no puede determinar su ser sin referencia a Dios. Y es más, es el mismo Cristo quien revela al hombre, al propio hombre.
IV. Escatología: La glorificación del cuerpo humano
La esperanza cristiana no es disolución de la humanidad, sino su glorificación. La resurrección afirma continuidad corporal como ser humano. (1Cor 15:42–44) afirma que este cuerpo corruptible (humano) será glorificado, que sufrirá una especie de transformación manteniendo su cualidad de ser humano (Fil 3:21), porque en definitiva seremos semejantes a nuestro redentor quien se humanizo (1 Jn 3:2). Esto nos muestra que no seremos transformados en alguna especie extraña sino será el mismo ser humano, pero glorificado. Las confesiones reformadas como la Confesión de Fe de Westminster declaran enfáticamente: “Los cuerpos de los hombres… serán resucitados en poder” (WCF 32.2). Lutero dirá que Dios resucitará “este mismo cuerpo”, en concordancia con Job cuando grita con alegría de espíritu: “en mi carne he de ver a Dios” (Job 19:25–27).
La escatología cristiana confirma que el cuerpo humano es esencial a la identidad personal. No es intercambiable ontológicamente ni subjetivamente. La glorificación no es dejar de ser humano, sino ser plenamente humano según Dios.
El desprecio de esta naturaleza humana dignificada por Dios la cual el mismo glorificara (y no otra naturaleza), es un atentado contra la esperanza del mismo ser humano, es un no creer ni querer relacionarse con el único que nos da esperanza aún mas allá de la muerte misma. Si, como afirma Filipenses 3:21, Cristo transformará "nuestro cuerpo miserable", se refiere específicamente al cuerpo humano. La esperanza cristiana no ofrece una "metamorfosis" hacia otra especie, sino una "metamorfosis" hacia la perfección de la propia especie. Al desear ser otra criatura, el therian rechaza la materia misma que Dios ha prometido redimir. Por último, debemos decir que Cristo no se hizo "ser vivo" en un sentido genérico, sino que se hizo hombre. Si la meta final del ser humano es la semejanza con el redentor glorificado (Cristo), cualquier identidad que busque alejarse de la forma humana está, por definición, alejándose del modelo de perfección divina. El movimiento therian opaca la "Gestalt" (forma) de Cristo en el individuo, proponiendo una meta escatológica que la Biblia no reconoce: una disolución de la humanidad en la animalidad.
V. Dimensión pastoral y cultural
Vivimos en un cambio de época donde la identidad ha dejado de ser un don recibido (creación) para convertirse en un proyecto de autoconstrucción (subjetividad). El fenómeno therian no es un hecho aislado, sino la expresión última de una humanidad que, al perder de vista a su Creador, ha perdido la brújula de su propia naturaleza. Como pastores y líderes, estamos llamados, no a la condena desde la ignorancia, sino a la "adecuación del entendimiento a la realidad" (adaequatio rei et intellectus) mediante la verdad revelada en Cristo.
Más allá del juicio doctrinal, este fenómeno revela 3 cosas importantes a considerar antes de emitir tal juicio: Primero, que esto es una crisis de identidad en sociedades plasmadas por el exagerado subjetivismo posmoderno, en segundo lugar, la sociedad actual sufre de una fragmentación del concepto de naturaleza humana, ya no tenemos unidad objetiva de acuerdo a lo que es en realidad y en tercer lugar, los jóvenes sufren de una búsqueda de pertenencia de la cual se sienten excluidos productos de estas sociedades individualistas.
Creo que, frente a este fenómeno, nuestra respuesta eclesial debe ser: por un lado, doctrinalmente fuerte tal que, reafirme la distinción ontológica entre hombre y animal desde una antropología bíblica sólida. Antropológicamente profunda que lleve a restaurar la dignidad de la naturaleza humana como la única capaz de "glorificar a Dios y gozar de Él". Pero a la vez, terapéutica y pastoralmente compasiva, que trate el desajuste entre percepción y realidad (disforia de especie) como un síntoma de la caída que requiere la sanidad del Evangelio, porque finalmente quienes sufren de este fenómeno siguen siendo personas llenas de carencias, lo mismo que un cristiano lo fue y sigue siéndolo aún.
La solución no es mera negación cultural, sino la proclamación cristológica: “la identidad humana encuentra su verdad última en la unión con Cristo, el verdadero y perfecto Hombre”.
Referencias.
Agustín de Hipona. (2008). La ciudad de Dios (Trad. esp.). Editorial BAC.
Asamblea de Westminster. (1647/2003). Confesión de Fe de Westminster. Editorial Peregrino.
Atanasio de Alejandría. (2011). Sobre la encarnación. Ciudad Nueva. (Obra original publicada ca. 318).
Balthasar, H. U. von. (1982–1991). La Gloria del Señor: Una estética teológica (7 vols.). Editorial Encuentro. (Sobre todo, Gloria, vol. 1).
Barth, K. (1932–1967). Church Dogmatics (G. W. Bromiley & T. F. Torrance, Eds.; Vols. I/1–IV/4). T&T Clark. Especialmente III/2 (The Doctrine of Creation).
Biblia. (1960). La Santa Biblia, Reina-Valera 1960. Sociedades Bíblicas Unidas.
Calvino, J. (2009). Institución de la Religión Cristiana (Trad. esp.). CLIE. (Obra original publicada 1559).
Ireneo de Lyon. (2012). Contra las herejías. Ciudad Nueva.
Lutero, M. (2000). Catecismo mayor y Catecismo menor. En T. Egido (Ed.), Obras de Martín Lutero. Ediciones Sígueme.






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