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Libertad Cristiana versus Posmodernidad

12 sept
12 min de lectura

Autor: Giovanni Zamorano


INTRODUCCIÓN

La sociedad contemporánea se encuentra profundamente influenciada por los postulados de la posmodernidad. Este fenómeno cultural se caracteriza por el rechazo de las verdades absolutas, la exaltación del relativismo, la búsqueda del placer inmediato y la pérdida de fundamentos éticos universales. La posmodernidad cuestiona los grandes relatos explicativos de la realidad moderna, promueve una ética subjetiva y sitúa al individuo como medida de sus propias decisiones. Como lo define Gianni Vattimo: “El pos de posmoderno indica una despedida de la modernidad (el faraway)”, es la despedida de los anhelos de la modernidad, anhelos que han quedado vacíos[1].

En contraste con esta visión, la Carta a los Gálatas presenta una comprensión radicalmente distinta de la libertad humana. El apóstol Pablo enseña que la verdadera libertad no consiste en la ausencia de límites ni en la autonomía absoluta del individuo, sino en la liberación del pecado y de la esclavitud de la ley por medio de la fe en Jesucristo. La libertad cristiana es una obra de Cristo que permite al creyente vivir guiado por el Espíritu y no por los deseos de la carne

El propósito de este ensayo es analizar la tensión existente entre los valores promovidos por la posmodernidad y el concepto de libertad cristiana desarrollado por Pablo en la Epístola a los Gálatas, demostrando que el evangelio ofrece una respuesta sólida a la crisis de sentido característica de nuestro tiempo.



Posmodernidad versus Libertad Cristiana.

A.    No existen verdades absolutas, frente a la verdad de Dios.

Las Uno de los rasgos centrales de la posmodernidad es el rechazo de toda verdad absoluta. El hombre posmoderno desconfía de los metarrelatos[2] y considera que no existe una explicación universal para la realidad. Ofrece una gran proclividad hacia los conocimientos “débiles”, tentativos, plurales, que avanzan, vía negativa, desconstruyendo, mostrando las debilidades de las pretendidas teorías firmes. El pluralismo, el fragmento y la diferencia son formas queridas de este talante, por no decir fundamentales.

La posmodernidad, en consecuencia, es una crítica al poder de la razón para explicar toda la realidad. Representa un cuestionamiento a los discursos totalizadores, omnicomprensivos, interpretadores del hombre, del mundo y de la realidad. Comenta José María Mardones: [...] es la reticencia frente a la razón en cuanto poseedora de un saber o verdad[3].  


Sin embargo, Pablo comienza su carta defendiendo la existencia de una verdad contenida en un único evangelio verdadero y condenando cualquier intento de modificarlo. Para Pablo no existen múltiples caminos igualmente válidos hacia Dios, como una pluralidad de verdades todas validas, sino una sola verdad revelada en Jesucristo.


Esta afirmación choca frontalmente con el relativismo posmoderno, que sostiene que toda verdad depende de la experiencia personal de cada individuo. Como nos dice Juan Lobos: Pablo “argumenta claramente que no es que haya más de un evangelio, sino que muchos lo pervierten y lo falsifican”[4] . Este evangelio predicado por Pablo es “la verdad” y la “única” de Dios para el ser humano[5]. En medio de esta oscuridad posmoderna donde el ser humano no logra ver la verdad, el evangelio despliega como: puerta (porta fidei), luz (lumen fidei) y brujula (Oriens fidei) imágenes que nos hablan de una opción de salida, de iluminación en la oscuridad y dirección en esta gran zozobra en medio de medias verdades posmodernas. En Gálatas en el capítulo 1:7 comienza Pablo con ὅς, que es un pronombre relativo que retoma ἕτερον εὐαγγέλιον ("un evangelio diferente") del versículo 6. Y luego continua con el adverbio de negación οὐ enfatizando claramente la imposibilidad de que haya otro además del que él predica. Esto nos debe llamar la atención de que sí existe una única verdad, que es la verdad del evangelio en Jesucristo que es el ancla que el ser humano necesita para no estar a la deriva en este mar posmoderno de pequeñas verdades sin fundamento.


B.    Búsqueda primaria de lo hedónico frente a la libertad cristiana.

Otro aspecto relevante es la comprensión de la libertad. La posmodernidad suele identificar la libertad con la autonomía personal y el derecho a satisfacer los propios deseos sin restricciones. Esto se refleja en la búsqueda de lo hedónico, el consumismo y la exaltación del placer inmediato[6].


Ya no es la búsqueda del placer iluminada por la prudencia “phronesis”, enfocada al placer espiritual que produce gozo, sino el placer del “vale lo que agrada”, sin las dolorosas restricciones de la moral moderna. Lo único que interesa es lo que causa placer inmediato y transitorio, por lo que ahora todo es un “carpe diem”, vivir el momento. De esta manera se asocia el placer a lo inmediato, a la vida dispendiosa, como las drogas, sexo, alcohol, consumismo etc.

Los medios de comunicación impulsan esta fuerza aún más, atravesándosenos por todas partes. Toda la mercadotecnia y la tecnología informativa invita a gozar del máximo placer, la “luxury”. Se puede observar esto desde un simple jabón hasta en la laptop más sofisticada.


Pablo, por el contrario, enseña que la libertad cristiana no es libertinaje. En Gálatas 5, el apóstol exhorta a los creyentes a permanecer firmes en la libertad que Cristo les otorgó y advierte que esta libertad debe expresarse en amor y servicio a los demás. El llamado Paulino es a no usar la libertad en Cristo como un pretexto para los impulsos de la carne cuyas obras son manifiestas en adulterios fornicaciones inmundicias etc, tal como nos indica en el verso 19.


Este pasaje revela que la libertad cristiana no es una licencia para satisfacer impulsos desordenados. Pablo reconoce que el ser humano posee deseos que, cuando se convierten en absolutos, terminan dominándolo. Paradójicamente, la búsqueda desenfrenada del placer no produce libertad, sino nuevas formas de esclavitud. Aquello que inicialmente promete satisfacción acaba controlando la voluntad humana. El placer deja de ser un bien y se convierte en una necesidad compulsiva. Pablo identifica este problema como una consecuencia de la “carne”, es decir, de una naturaleza humana apartada de Dios y orientada hacia sí misma.


Para el apóstol, la verdadera libertad no consiste en hacer todo aquello que el individuo desea, sino en vivir conforme al propósito para el cual Dios lo creó. La libertad cristiana no es ausencia de límites, sino liberación de aquellas fuerzas que esclavizan al ser humano. Por ello exhorta a los creyentes: “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros” (Gál 5:13).


La libertad cristiana no esta en sintonía con la falsa libertad que promueve la posmodernidad, como una rienda suelta para todo impulso de la carne, sino que la libertad cristiana esta en acuerdo con el fruto del espíritu y el servicio amoroso a los demás.


C.    La muerte de la ética tradicional frente a la ética cristiana.

Asimismo, la posmodernidad impulsa una ética subjetiva donde las decisiones morales dependen de la opinión individual o del consenso social. Se ha producido una “ética débil”, donde todo parece válido y se abandonan principios universales.

En la ética posmoderna, preocupa sólo la casuística, resolver en acuerdo al buen sentido o a la opinión mayoritaria cualquier situación concreta, dejando de lado el análisis de principios o teorías, se ha vuelto una ética débil. Se aceptan todas las posiciones sin necesidad de justificarlas con rigor racional, y no por respeto al pluralismo, sino porque en cierto modo pareciera que todo da igual. Se podría hablar de “éticas de bolsillo”, destinadas a resolver sólo el caso individual, todo parece una despedida de la ética Kantiana por una nueva experiencia histórica, dar vacaciones a la moral. La ética aparece entonces vacía de significado, encontrándonos como decía Nietzsche “más allá del bien y el mal”. El famoso grito de Dostoievsky “Gott ist tot” sirve de apoyo, ya que, si Dios está muerto, luego todo está permitido, “prohibido prohibir”, y si todo está permitido, asistimos al funeral de la ética y se presentan a su sepelio solo dos herederas, “la estética y la belleza”[7].


Frente a esto, Pablo presenta una ética fundamentada en la obra redentora de Cristo y en la acción transformadora del Espíritu Santo. La ética no ha muerto y es eterna ya que es un fruto del o que es producido por Espíritu Santo, tal como nos indica el genitivo de origen o procedencia: τοῦ Πνεύματος en el 5:22. El fruto único del Espíritu[8], que se realiza como amor, gozo, paz, paciencia y dominio propio, constituyen la evidencia de una vida verdaderamente libre.


En este sentido, Pablo rechaza tanto el legalismo como el relativismo. Por una parte, combate la idea de que la justicia pueda alcanzarse mediante el cumplimiento externo de normas. Por otra, tampoco acepta que la libertad cristiana implique la ausencia de criterios morales. La libertad otorgada por Cristo posee una orientación ética definida y exige una vida coherente con el carácter de Dios. Por ello advierte: “solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros” (Gál 5:13).


La moral cristiana no se basa en preferencias o pasiones personales, sino en la voluntad de Dios revelada en las Escrituras. Como nuevamente nos indica Juan Lobos: “Los que los que están en Cristo Jesús han sido liberados de la esclavitud de sus vidas, la carne o las pasiones han sido crucificadas”[9] y esto es porque ahora viven o andan en el Espíritu.


D.    La pérdida del sentido, ¡viva el nihilismo! versus el cristiano.

Un cuarto elemento de contraste es la cuestión del sentido de la vida. El hombre actual experimenta una profunda crisis de significado y muchas veces cae en el nihilismo, negando la existencia de propósitos trascendentes.


A lo que llamamos “sentido de la vida” o “sentido de la existencia” correspondía anteriormente a la idea de finalidad, fin, en griego Skopos y Telos. D. F. Schleiermacher fue el primero en hablar en presente del “valor de la vida” luego paso por toda la filosofía hasta Heidegger hablando del “sentido del ser” y Wittgenstein relegándolo al lenguaje y llegando hasta Blondel quien lo propone como el tema por antonomasia. El destino que se toca con la libertad (sin la cual no es pensable el sentido), la identidad (que es la pregunta en si por el sentido), la esperanza (como tierra de cumplimentación del sentido) y lo imaginario o lo simbólico (como lugar desbordante, capaz de llevarnos más allá de la racionalidad, amiga de la pasión y los sueños) en la época posmoderna ha perdido también su vigencia.


El hombre posmoderno ya no necesita el sentido, pues esto no es más que una construcción imaginaria, no queda más nada, ahora es la época del nihilismo.


En contraste, Gálatas enseña que los creyentes son hijos de Dios por medio de la fe en Cristo y herederos de sus promesas. La identidad cristiana ya no depende de méritos humanos, logros personales o pertenencia cultural, sino de la gracia divina. De esta manera, el evangelio proporciona identidad, propósito y esperanza, elementos que la posmodernidad no puede ofrecer de forma estable. Pablo enfatiza esta identidad única cuando dice: "Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa" (3:28-29) y nuevamente en el 4:7: “ya no eres esclavo sino hijo y si hijo, también heredero” y en otro lugar: “somos hijos de la promesa (4:28). Lutero comentado uno de estos pasajes nos dice lo siguiente: “Fíjate bien en el epíteto «creyente» aplicado a Abraham: los de la fe serán benditos con el Abraham que cree, no con el Abraham que engendra físicamente o que hace alguna otra cosa. Pues la Escritura asigna hijos o descendencia sólo al Abraham creyente. Por lo tanto, los que carecen de fe no llevan la imagen de su padre ni obtienen su herencia: así que ni siquiera son hijos, sino bastardos nada más”[10].


Por otro lado, el nihilismo suele conducir a la pérdida de esperanza. Si la existencia carece de propósito último, entonces tampoco existe una meta final que justifique el esfuerzo, el sacrificio o el sufrimiento. Sin embargo, para Pablo la esperanza ocupa un lugar central en la experiencia cristiana. La fe no se limita al presente, sino que se proyecta hacia el cumplimiento futuro de las promesas divinas: “Pues nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia” (Gál 5:5).


Esta esperanza escatológica constituye una respuesta directa al vacío nihilista. La historia humana no avanza hacia la nada, sino hacia la consumación del propósito de Dios. El creyente vive orientado por una expectativa de futuro que otorga significado a su presente. Sus acciones, decisiones y sacrificios adquieren valor porque participan de una realidad eterna.


E.    Un sujeto fragmentado y vulnerable frente a la nueva criatura en Cristo.

Finalmente, mientras la posmodernidad promueve un sujeto fragmentado y vulnerable a las influencias externas. El sujeto ha rompido con la realidad, está fuera de toda referencia a el mismo, es un sujeto desmigajado, un sujeto débil. El sujeto ha sido deconstruido con la falta de fundamento del mismo, que el nihilismo y el escepticismo han acentuado.


El sujeto está a merced de los artificios de la mercadotecnia, solo vive los mitos del momento, y la amiga posmoderna de la tecnología informativa (televisión, juegos electrónicos, robótica, internet, cable). Se han vuelto-sujetos pantalla, sujetos que solo son una especie de receptores permanentes de estímulos externos, carentes de toda especifidad, el sujeto pierde entonces su capacidad de decisión propia y se vuelve un sujeto débil a merced de las indicaciones y mediaciones de la pantalla.


El evangelio de Gálatas presenta personas transformadas y fortalecidas por la presencia del Espíritu Santo. El creyente no depende de influjos de una pantalla ni de la cultura presente, porque encuentra en Cristo una nueva creación, capaz de vivir una vida coherente, orientada por valores permanentes y fundamentada en la gracia de Dios.


En la carta a los Gálatas, Pablo reconoce que el ser humano puede vivir bajo diversas formas de esclavitud. Aunque el contexto del apóstol era distinto al de la posmodernidad, existe una analogía. Los gálatas corrían el riesgo de abandonar la libertad del evangelio para volver a sistemas que determinaban su identidad desde afuera, ya fuera por medio de la ley, las tradiciones religiosas o las presiones sociales. Por eso Pablo afirma: “Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo” (Gál 4:3).


El sujeto posmoderno descrito como “sujeto pantalla”, constantemente expuesto a estímulos externos y narrativas cambiantes, puede interpretarse como una nueva forma de esclavitud a los “rudimentos del mundo”. Su identidad ya no surge desde una verdad trascendente o un fundamento sólido, sino desde las tendencias culturales, los medios de comunicación, las redes digitales y los discursos dominantes de cada momento. En este sentido, el individuo se encuentra condicionado por fuerzas externas que le dicen quién debe ser, qué debe desear y cómo debe construir su realidad.


Frente a esta condición fragmentada, Pablo propone una identidad profundamente unificada en Cristo. Para el apóstol, la persona no encuentra su fundamento en sí misma ni en las opiniones cambiantes de la sociedad, sino en la unión con Jesucristo. Por eso nos escribe Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí” (Gál 2:20).


Esta declaración no implica la destrucción de la personalidad humana, sino su restauración. El “yo” fragmentado, dominado por múltiples lealtades y deseos contradictorios, es reemplazado por una identidad centrada en Cristo. El cristiano deja de definirse por categorías impuestas externamente y encuentra una nueva coherencia existencial en su relación con Dios.


Mientras la posmodernidad sostiene que el sujeto carece de una esencia estable y que toda identidad es una construcción provisional, Pablo afirma que la identidad del creyente posee un fundamento sólido e inmutable: “la gracia de Dios revelada en Jesucristo”. La persona ya no es una suma de experiencias dispersas ni un receptor pasivo de estímulos culturales, sino alguien cuyo ser ha sido transformado por el evangelio. Desde la perspectiva paulina, el problema fundamental no es simplemente intelectual, sino espiritual. El ser humano separado de Dios pierde su centro y termina buscando significado en realidades pasajeras. Por ello Pablo concluye la epístola con una afirmación total: “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación” (Gál 6:15).


La expresión “nueva creación” constituye una respuesta radical a la crisis del sujeto. Pablo no ofrece únicamente una reforma moral ni una mejora psicológica, anuncia una transformación vital. Dios inaugura una nueva realidad donde la persona recibe una identidad renovada y un propósito trascendente.


Así, el creyente no necesita construir constantemente su significado a partir de las tendencias culturales del momento. Su valor y su identidad reposan en la acción creadora y redentora de Dios. Así donde el nihilismo proclama la ausencia de sentido, Pablo proclama una nueva creación llena de significado y orientada hacia la comunión con Dios.

 

 

CONCLUSIÓN

La comparación entre los valores de la posmodernidad y la enseñanza de la Carta a los Gálatas revela dos visiones profundamente distintas de la libertad humana. Mientras la posmodernidad rechaza las verdades absolutas, promueve el relativismo moral y busca la satisfacción inmediata de los deseos personales, Pablo proclama una libertad fundada en la verdad del evangelio, la gracia de Dios y la obra transformadora del Espíritu Santo.


La Carta a los Gálatas demuestra que la libertad cristiana no consiste en hacer todo aquello que se desea, sino en ser liberados de la esclavitud del pecado y vivir conforme a la voluntad de Dios. En una época marcada por la incertidumbre, la pérdida de sentido y la fragmentación de la identidad humana, el mensaje de Gálatas continúa siendo relevante porque ofrece una respuesta sólida y esperanzadora: la verdadera libertad se encuentra únicamente en Jesucristo, quien hace posible una vida guiada por la fe, el amor y la gracia divina y la esperanza.



BIBLIOGRAFÍA

[1] VATTIMO, Gianni (1994) El fin de la modernidad, Barcelona, España: Ed. Gedisa, pp 23.

[2] LYOTARD, Jean-François: Concibe la posmodernidad como la incredulidad ante los “grands récits”, los metarrelatos de la humanidad. Él Identifica 4 grandes metarrelatos: el cristiano (la emancipación de esta dura vida terrenal con la nueva vida divina o la intervención divina, el "Gott ist tot" Dios ha muerto es el lema), el iluminista (de la emancipación de la ignorancia), el marxista ( de la emancipación de la explotación y por la transformación revolucionaria en clave socialista) y el capitalista (de la emancipación de la pobreza por el desarrollo tecno-industrial). La condición posmoderna, (trad. Mariano Antolín Rato). (1993). Buenos Aires, Argentina: Planeta-Agostini, pp 10

[3] MARDONES, José María.(1988). El desafío de la postmodernidad al Cristianismo. Santander, España: Sal Terrae, pp 23.

[4] (2021), Comentario de la Carta a los Gálatas, para Mints Miami.

[5] Pablo en Gálatas 3:1 reconviene a los gálatas por no obedecer a la verdad presentada, equiparando evangelio a verdad. 

[6] El “Edonismo” surge en las escuelas cirenaicas y epicúreas cuya finalidad era intentar vivir serenamente y así disfrutar del máximo placer, que para Epicuro de Samos (342 – 270) era el intelectual, esa “ataraxia” del espíritu y su “aponia”, la tranquilidad del cuerpo.

[7] CRUZ, Antonio. (1997). Posmodernidad. Siglo XXI. Terrasa, España: Ed. CLIE, pp. 63.

[8] El texto griego dice: Ὁ δὲ καρπὸς τοῦ Πνεύματός. El articulo Ὁ es singular por esa razón debemos traducir “el fruto” y no “los frutos”.

[9] Lobos, Comentario, 55

[10] LUTERO, Martin, Comentarios de Martín Lutero. Carta del Apóstol Pablo a los Gálatas, pp 68.



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