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LA IMPORTANCIA DEL BAUTISMO DE NIÑOS EN EL PACTO DE GRACIA



Autor: Giovanni Zamorano



INTRODUCCIÓN


El bautismo de niños ha sido uno de los temas debatidos en la historia de la iglesia cristiana y continúa siendo un punto de pugna teológica entre distintas tradiciones. Mientras algunos lo consideran una práctica sin fundamento suficiente en el Nuevo Testamento, nosotros lo afirmamos como una consecuencia directa de la teología bíblica del pacto. Este ensayo sostiene que el bautismo de niños no es una tradición eclesiástica arbitraria, sino una práctica profundamente arraigada en la revelación progresiva de la Escritura, en la continuidad del pacto de gracia y efectiva en la tradición cristiana.


En Desde una perspectiva reformada, el bautismo de niños no debe entenderse como un acto que confiere automáticamente salvación, sino como una señal y sello del pacto de gracia, administrada conforme al patrón bíblico del trato de Dios con creyentes y sus familias. Así como la circuncisión funcionó como señal del pacto en el Antiguo Testamento, el bautismo cumple una función similar en el Nuevo Testamento, ahora centrada plenamente en la obra redentora de Cristo.


El propósito de este trabajo es presentar un estudio bíblico, teológico e histórico que fundamente la legitimidad del bautismo de niños dentro del pacto de gracia, y mostrar sus implicaciones pastorales.



I.          El Pacto de Gracia


A.    Marco teológico fundamental

La Escritura presenta la relación entre Dios y la humanidad en términos pactuales. Desde Génesis hasta Apocalipsis, Dios se revela como un Dios que establece pactos soberanos, acompañados de promesas, demandas y señales visibles. El pacto de gracia constituye el hilo conductor de la historia de la redención, mediante el cual Dios salva a su pueblo por pura gracia, a través de la fe, sobre la base de la obra de Cristo. Como nos dice Vos, G: “El pacto de gracia no aparece de manera repentina en el Nuevo Testamento, sino que se desarrolla orgánicamente a lo largo de toda la historia redentora.”[1]


El pacto con Abraham (Gn 12; 15; 17) ocupa un lugar central en esta estructura. Dios promete ser Dios para Abraham y para su descendencia después de él, estableciendo una relación que incluye explícitamente a los hijos. La circuncisión fue dada como señal del pacto, aplicada tanto a adultos creyentes como a niños, no como garantía automática de salvación, sino como marca visible de pertenencia al pueblo del pacto.


Este principio pactual no es una excepción temporal, sino una expresión constante del modo en que Dios trata con su pueblo. El Nuevo Testamento no introduce un nuevo pacto desligado del anterior, sino el cumplimiento y la consumación del mismo pacto de gracia en Cristo. Así lo confirma Calvino:


El pacto hecho con todos los patriarcas es tan semejante al nuestro en sustancia y realidad, que es uno y el mismo; solo difiere en la forma de administración.”[2]



I.    Antiguo y Nuevo Testamento


A.    Continuidad y desarrollo

Una correcta teología del bautismo requiere reconocer tanto la continuidad como el progreso entre ambos testamentos. Existen diferencias claras entre la circuncisión y el bautismo, especialmente en su forma externa y en su contexto histórico, pero estas diferencias no implican una ruptura del principio pactual.

En Colosenses 2:11–12, el apóstol Pablo establece una relación explícita entre la circuncisión y el bautismo. Allí afirma que los creyentes han sido circuncidados con una circuncisión no hecha a mano, mediante la obra de Cristo, y que esta realidad espiritual es significada sacramentalmente en el bautismo. El énfasis se desplaza de una marca física a una obra espiritual, pero la función de la señal permanece.

Así como la circuncisión señalaba la necesidad de la purificación del pecado y la pertenencia al pueblo de Dios, el bautismo señala la unión con Cristo en su muerte y resurrección. En ambos casos, la señal externa apunta a una realidad interna que debe ser apropiada por la fe.


B.    El lugar de los niños en el pueblo de Dios

La inclusión de los niños dentro del pueblo de Dios es un tema recurrente en la Escritura. En el Antiguo Testamento, los hijos de los creyentes eran considerados miembros reales de la comunidad del pacto, aunque llamados a responder personalmente a Dios al llegar a la madurez.

En el Nuevo Testamento, Jesús confirma este principio al recibir a los niños y declarar que de ellos es el reino de los cielos (Mt 19:14). Esta afirmación no se limita a un gesto afectivo, sino que expresa una realidad teológica: los niños no son ajenos al reino de Dios.


Excluir a los hijos de los creyentes del signo visible del pacto implicaría tratarlos como si estuvieran fuera del pueblo de Dios hasta que puedan expresar una fe consciente, una postura que no se corresponde con el patrón bíblico del trato pactual de Dios. Calvino dijo que:


Dios ha ordenado con razón que los niños fuesen circuncidados. Si Él lo ha ordenado de manera que nada se pueda decir en contra, tampoco habrá mal alguno en bautizar a los niños.[1]


C.    El bautismo como señal y sello del pacto de gracia

Dentro de la teología reformada, los sacramentos son entendidos como señales y sellos del pacto de gracia. El bautismo, como sacramento de iniciación, señala la limpieza del pecado, la regeneración y la incorporación visible al pueblo de Dios.

Como señal, el bautismo apunta a la obra salvadora de Cristo y a la necesidad de una purificación espiritual. Como sello, confirma las promesas de Dios a los creyentes y a sus hijos. En el caso de los niños, el bautismo no declara que ya poseen fe salvadora, sino que Dios les extiende sus promesas y los coloca bajo la disciplina y el cuidado de la comunidad del pacto. La Confesión de fe de Westminster nos dice: “No sólo deben ser bautizados los que realmente profesan fe en, y obediencia a Cristo, sino también los infantes, hijos de uno, o de ambos padres creyentes[2]


D.    Fe, promesa y respuesta personal

Una objeción frecuente al bautismo de niños es que estos no pueden ejercer fe consciente. Sin embargo, esta objeción confunde la señal del pacto con la realidad a la que apunta. En la Escritura, la fe siempre ha sido necesaria para la salvación, pero no siempre ha precedido a la recepción de la señal del pacto

Los niños bautizados son llamados, a medida que crecen, a responder personalmente en fe y arrepentimiento a las promesas que les han sido dadas. El bautismo no reemplaza esta respuesta, sino que la anticipa y la exige.


 

II.  Testimonio histórico

A.    Padres de la Iglesia

El testimonio de la iglesia antigua muestra que el bautismo de niños fue una práctica temprana. Padres como Justino Mártir habla de cristianos que “ἐκ παίδων ἐμαθητεύθησαν (fueron discípulos desde la niñez)”[3]. Ireneo por su parte nos dice que “Cristo vino para salvar a todos por medio de él mismo a todos, es decir, los que por medio de él son renacidos hacia Dios: infantes, niños pequeños, niños, adolescentes y adultos. Por tanto, él pasó por cada edad, siendo hecho un infante para los infantes, santificando a los infantes”[4].


Orígenes nos dice que “La Iglesia ha recibido de los Apóstoles la costumbre de administrar el bautismo incluso a los niños. Pues aquellos a quienes fueron confiados los secretos de los misterios divinos sabían muy bien que todos llevan la mancha del pecado original, que debe ser lavado por el agua y el espíritu”[5]. Y Cipriano también da testimonio de la costumbre de bautizar a los hijos de los creyentes. Aunque existieron debates sobre el momento y la teología del bautismo, la inclusión de los niños no fue vista como una innovación tardía. Se tiene evidencia de que durante su vida hubo quien pretendió retrasar el bautismo de infantes hasta luego del octavo día de nacido, en semejanza de la circuncisión, por lo que se hace necesario que Cipriano, a su nombre y al de 66 obispos, le envíe una carta a Fido testimoniando la fe de la Iglesia acerca de que el bautismo de niños no tiene que ser retrasado y que los infantes pueden ser bautizados en cualquier momento:


“Pero en relación con el caso de los niños, en el cual dices que no deben ser bautizados en el segundo o tercer día después de su nacimiento…¿cuánto más deberíamos obstaculizar un bebé?, ¿que, siendo recién nacido, no ha pecado, salvo en que, habiendo nacido de la carne de Adán, ha contraído el contagio de la muerte antigua en su nacimiento? … Y por lo tanto, querido hermano, esta era nuestra opinión en el Concilio que, por nosotros, nadie debe impedirse el bautismo y la gracia de Dios, que es misericordioso y amable y cariñoso para con todos. Que, puesto que es lo observado y mantenido respecto a todos, nos parece que debe respetarse aún más en el caso de los lactantes” [6].


Por su parte, Agustín de Hipona defendió el bautismo de niños dentro de su comprensión del pecado original y de la gracia divina, influyendo decisivamente en la teología occidental. Por ejemplo, habla sobre la importancia del bautismo de infantes cuando, con mucha angustia y corazón oprimido[7], dice que los niños sin el bautismo no pueden salvarse: “Mas esta gracia de Cristo, sin la cual ni los niños ni los adultos pueden salvarse, no se da por merito, sino gratis”.[8]


B.    La Reforma y las confesiones reformadas

Durante la Reforma del siglo XVI, el bautismo de niños fue reafirmado por los reformadores magisteriales. Martín Lutero, Ulrico Zuinglio y Juan Calvino defendieron esta práctica sobre la base del pacto de gracia y de la continuidad bíblica. infantil. Por ejemplo, Juan Calvino sostuvo con firmeza la necesidad del bautismo de infantes, calificando como un acto pecaminoso el privar a los niños de esta señal de pertenencia al pacto. Ante el auge del anabaptismo, dedicó una sección exclusiva a este tema en la edición de 1539 de su Institución de la religión cristiana. Su argumentación se fundamentó en tres ejes: la distinción entre el bautismo de conversos y el de hijos de creyentes, la continuidad esencial del pacto a través de ambos Testamentos, y la convicción de que los niños, al ser parte integral de la iglesia, tienen derecho a recibir el rito de iniciación.[9]


Las confesiones reformadas, como la Confesión Belga, el Catecismo de Heidelberg y la Confesión de Fe de Westminster, afirman claramente el bautismo de los hijos de los creyentes como una aplicación legítima de la teología del pacto. Por ejemplo, el Catecismo de Heidelberg en la pregunta 74 y sobre la base bíblica de Gn 17:7; Mt 19:14; Lc 1:15; Sal 22:10; Is 44:1-3 entre otros nos dice:


“Naturalmente, porque están comprendidos, como los adultos, en el pacto, y pertenecen a la Iglesia de Dios. Tanto a éstos como a los adultos se les promete, por la sangre de Cristo, la remisión de los pecados y el Espíritu Santo, obrador de la fe; por esto, y como señal de este pacto, deben ser incorporados a la Iglesia de Dios y diferenciados de los hijos de los infieles, así como se hacía en el pacto del Antiguo Testamento por la circuncisión, cuyo sustituto es el Bautismo en el Nuevo Pacto”.


C.    Implicaciones pastorales y eclesiales

El bautismo de niños tiene profundas implicaciones para la vida de la iglesia. Llama a los padres a criar a sus hijos en la disciplina y amonestación del Señor. Dios ha dado una promesa preciosa a los padres creyentes: cuando instruyen a sus hijos con fidelidad en el camino del Señor, pueden descansar en la seguridad de que la gracia divina estará operando en sus vidas. Al crecer, estos hijos tienen la oportunidad bendecida de ratificar su lugar en el pacto. Como herederos de estas promesas, la gracia de Dios está siempre a su alcance para que, a través de su propia fe, hagan suyas cada una de las bendiciones prometidas. Por otro lado, compromete a la iglesia a enseñar, discipular y acompañar a estos niños como miembros reales del pueblo de Dios. Así se protege a la iglesia tanto del formalismo sacramental como del individualismo radical, promoviendo una visión comunitaria de la fe cristiana.



CONCLUSIÓN

El bautismo de niños, cuando lo comprendemos bajo el marco del Pacto de Gracia, se revela no como una simple tradición, sino como una práctica profundamente arraigada en las Escrituras, con un sustento teológico inquebrantable y una continuidad histórica que ha sostenido a la Iglesia por siglos. Esta práctica es, ante todo, una declaración poderosa de la fidelidad de Dios. Nos recuerda que Su amor siempre toma la iniciativa: Él nos busca antes de que nosotros podamos buscarlo a Él.  

Fuera de ser un sustituto de la fe o un rito vacío que disminuya la responsabilidad individual, el bautismo de niños actúa como un poderoso motor para la fe personal. Al crecer bajo esta señal, el niño es recordado constantemente de su identidad en Cristo, siendo llamado y motivado a vivir una vida que honre las promesas que ya recibió por gracia.



[1] Calvino, Institución, 1.058

[2] Los Estándares de Westminster y La forma de gobierno de Westminster, XXVIII.4, (Editorial Clir: 2010), 103

[3] Apología I, 15, 6.

[4] Ireneo II, 22. Citado en Hoenecke, A, Dogmática Luterana Tomo IV, (2015), 89-90.

[5] Orígenes In Rom. Com. 5,9: EH 249

[6] Cipriano de Cartago, A Fido sobre el bautismo de infantes, Carta 58. La carta completa está disponible en la Web en el volumen V de Ante-Nicene Fathers de Schaff (protestante) como en la New Advent Encyclopedia.

[8] Francisco Moriones, Teología de San Agustin, (Editorial BAC: 2018), 147

[9] J. V. Fesko, Word Water and Spirit. A Reformed Persctive on Baptism, (Books from the heritage of the Reformation: 2010), 76.


[1] Geerhardus Vos, Teología bíblica. Antiguo y Nuevo Testamento, (Editorial CLIE: 2015), 43

[2] Calvino, Juan, Institución de la Religión Cristiana, (Editorial FELiRe:1999), 312

2 comentarios


Invitado
19 jun

Hola, mi hermano. A su primera pregunta: no deben, por ningún motivo, bautizar hijos de no creyentes (que no profesen ni vivan nuestra fe y no asistan como miembros plenos en nuestras iglesias); eso es un error. Deben ser hijos de creyentes plenos y pertenecientes a nuestras comunidades (parte del nuevo pacto). El bautismo de infantes requiere que los padrinos o padres sean responsables de enseñar la fe a sus hijos con diligencia (no pueden hacerlo si no son creyentes), para que estos, una vez llegados a la edad madura, sigan el camino del Señor (Prov. 22:6).


A su segunda pregunta: no deben rebautizarse. Los llamados anabaptistas, de los que después derivan los bautistas actuales, fueron condenados tanto por las iglesias…

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Abraham Lara
19 jun

Hermano Giovanni tengo una pregunta;

A nuestra iglesia llegan personas que no son cristianas a bautizar a sus niños.

Es válido administrarles el bautismo de consagración a ellos, aún si sus padres no son creyentes..??

Otra pregunta...

Si un niño es bautizado como señal del pacto, no sería necesario bautizarse de adulto para arrepentimiento..???

Muchas gracias

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