TEOLOGÍA DE LAS CARTAS PASTORALES DEL APOSTOL PABLO

Autor: Giovanni Zamorano
INTRODUCCIÓN
El estudio en torno a las Epístolas Pastorales ha ocupado un lugar significativo dentro de los estudios del Nuevo Testamento, no solo por su contenido doctrinal y pastoral, sino también por las intensas discusiones relacionadas con su origen, propósito y contexto histórico. Las cartas de 1 y 2 Timoteo y Tito constituyen un testimonio fundamental acerca de la vida de la Iglesia primitiva en un momento de transición, cuando las comunidades cristianas comenzaban a consolidar su organización interna, enfrentar falsas enseñanzas y preservar fielmente la tradición apostólica recibida. En ellas se observa una profunda preocupación por la sana doctrina, la conducta moral de los creyentes, la estabilidad eclesial y la transmisión del evangelio a las futuras generaciones.
Los destinatarios de la carta
Las Pastorales claramente van dirigidas a dos enviados de Pablo, Timoteo, que presidía la Iglesia de Éfeso, y a Tito, que ocupaba la misma posición en la isla de Creta.
En cuanto a Timoteo, este nos es bien conocido por los Hechos de los Apóstoles y las epístolas paulinas. En Hec aparece como natural de Listra, en Asia Menor (16:1ss). Su padre era pagano y su madre judía. Cuando Pablo llegó a Listra durante su primer viaje de misión (47 d.C), uno de los convertidos fue Timoteo (1 Tim 1:2). Más adelante (49 d.C), cuando Pablo atravesó Listra en su segundo viaje de misión, Timoteo marchó con él. A partir de ese momento, y de acuerdo con las numerosas alusiones que aparecen en Hec y en las epístolas, Timoteo siguió siendo uno de los más fieles compañeros y colaboradores de Pablo. Recibió muchas muestras de confianza por parte de Pablo y actuó como legado suyo en misiones difíciles. Timoteo estuvo en Roma durante el arresto domiciliario de Pablo (Col 1:1; Flm 1). Cuando Pablo recobró la libertad (esto es lo más probable), reanudó su actividad misionera y emprendió un viaje a través de los países del Mediterráneo oriental. Visitó Éfeso y dejó allí como representante suyo a Timoteo. Luego le dirigió las dos cartas que han llegado hasta nosotros. Timoteo era más bien joven cuando fue puesto al frente de la Iglesia de Éfeso (1 Tim 4:12). Varios pasajes de las epístolas indican que era tímido por naturaleza, y 1 Tim 5:23 menciona el hecho de que no disfrutaba de buena salud.
En cuanto a Tito las epístolas paulinas nos dan bastantes noticias, mientras que Hec no lo menciona. Según Ti 1:4, había sido convertido personalmente por Pablo. En Gal 2:1ss aparecía Tito como compañero de Pablo y Bernabé en el concilio de Jerusalén, y se nos dice que era pagano antes de su conversión. Durante el tercer viaje de misión, Pablo envió a Tito con un difícil encargo a Corinto. Tito se unió de nuevo a Pablo en Macedonia, de donde sería enviado nuevamente a Corinto para completar la colecta destinada a los cristianos de Jerusalén (2 Cor 7:5ss; 8:23ss). La siguiente mención de Tito aparece en las Pastorales. Durante el probable viaje misional que Pablo emprendió después de su arresto domiciliario en Roma, dejó a Tito al cargo de la Iglesia cretense. Después le escribió la carta que conocemos. Advirtió a Tito de que Artemas o Tíquico le reemplazarían en Creta, y que él debía reunirse con Pablo en Nicópolis (3:12). La última noticia que conocemos es que Tito marchó a Dalmacia (2 Tim 4:10), sin duda para desarrollar allí su actividad misionera.
Motivo de las Pastorales
El autor escribe estas cartas para afrontar la crisis existente en las dos comunidades, la efesia y la cretense. En general se piensa que la crisis reflejada en ellas fue provocada por la presencia de falsos maestros contra quienes el autor lanza su polémica[1].
Esta falsa enseñanza se caracterizaba por un intelectualismo especulativo. Producía discusiones (1 Tim 1:4); sus adeptos proliferaban en discusiones (1 Tim 6:4); se discutían cuestiones necias e insensatas (2 Tim 2:23); había que evitar sus necias cuestiones (Tit 3:9). La palabra que se usa en cada caso para cuestiones o discusiones es “ekzétésis”, que quiere decir discusión especulativa. Esta herejía se ve que era el terreno de juego de los intelectuales, o más bien los pseudointelectuales, de la iglesia. El hereje se caracterizaba por su orgullo, y aunque en realidad no sepa nada de nada (1 Tim 6:4). Hay indicaciones de que estos intelectuales se consideraban por encima de los cristianos ordinarios; de hecho, puede que hasta dijeran que la Salvación completa estaba fuera del alcance de la gente normal y corriente, y solo abierta para ellos. Otro aspecto importante es que estos opositores son judíos cristianos, pues son catalogados como «los de la circuncisión» (Tit 1:10). Esta puede ser la razón o una de las razones de porque se dice de ellos que «prohíben comer ciertos alimentos», y que catalogaban muchas cosas como impuras, olvidando que todas las cosas son limpias para los limpios (1 Tim 4:3). Es decir, ellos practicaban y enseñaban normas de pureza ritual (Ti 1:15) y fomentaban «mitos judíos» (Ti 1:14)[2]. Además, mostraban un gran interés por las genealogías (1 Tim 1:4; Ti 3:9), se les acusa de querer «ser maestros de la ley de Dios (nomodidaskaloi)» sin entender lo que dicen (1 Tim 1:7), también de que prohibían el matrimonio (2 Tim 4:3). No es imposible que consideraran el sexo como algo inmundo, y que menospreciaran el matrimonio; y hasta, trataran de persuadir a los que ya estaban casados a separarse, porque en Tito 2:4 se hace hincapié en los deberes naturales de la vida matrimonial como vinculantes para el cristiano.
Esto herejes hasta invadían las casas particulares y se llevaban a las mujercillas débiles e insensatas por malos caminos (2 Tim 3:6). Por esta razón, se dice en la carta a Tito, que profesaban conocer a Dios, pero le negaban con sus obras (Tito 1:16). Con esto embaucaban a la gente y a hacían dinero con su falsa enseñanza, pues para ellos la piedad era rentable económicamente (1 Tim 6:5).
Por último, decían que cualquier resurrección que una persona hubiera de experimentar, ya había tenido lugar (2 Tim 2:18). Probablemente esto es una referencia a los que mantenían que la única resurrección que experimentaba el cristiano era una resurrección espiritual, cuando moría con Cristo y surgía de nuevo con Él en la experiencia del Bautismo (Rom 6:4).
Se puede avanzar algo más en este sentido sugiriendo que los falsos maestros en cuestión eran, por lo menos en parte, descendientes de sacerdotes aarónicos. Esta sugerencia se apoya en el interés que tenían por las genealogías y por ser maestros de la ley. En el judaísmo del segundo templo, los sacerdotes eran los que tenían interés creado por las genealogías y poseían, por tradición, el derecho de ejercer funciones de autoridad. Su posición oficial en la comunidad judía dependía directamente de la prueba que pudieran aducir de la pureza de su ascendencia. No pocos de ellos, en el primer siglo d.C., se hicieron cristianos. El libro de los Hechos conserva la tradición de que “muchos sacerdotes aceptaron la fe” (Hch 6:7). Con estos antecedentes se puede sugerir que los adversarios en las cartas pastorales pudieron ser sacerdotes que reclamaban el derecho al liderazgo en las comunidades cristianas; un derecho basado en las genealogías que ostentaban. Con esta actitud, desafiaban a los dirigentes de su tiempo sobre la base de que estos carecían de las conexiones ancestrales necesarias[3].
El apóstol nutre una intensa antipatía por ellos; los llama gente hipócrita, mentirosa, pretenciosa, corrupta, etc. Lo que el autor quiere hacer es descalificar a sus opositores que crean no solo una crisis doctrinal sino también institucional, porque la lucha tiene que ver con el ejercicio del poder y la autoridad en la comunidad. Esta es una estrategia para frenar el influjo de los opositores en los fieles. Además, para contrarrestar el ataque a las instituciones, el autor consolida y fomenta ciertos cargos, el de presbíteros/obispos y el de diáconos, como alternativas a las reclamaciones sacerdotales de los opositores y como la única forma de poder conservar y transmitir a las generaciones futuras el auténtico legado del Apóstol.
Teología de las pastorales
Dios como Salvador: Uno de los aspectos más importantes del desarrollo teológico de las Epístolas Pastorales es la manera en que presentan a Dios actuando soberanamente en la historia para salvar, ordenar y preservar a su pueblo. Aunque las Pastorales poseen un fuerte énfasis ético y eclesial, detrás de toda exhortación aparece una profunda doctrina de Dios. La vida cristiana, el ministerio, la Iglesia y la salvación dependen enteramente de la iniciativa divina. Mientras que las epístolas paulinas anteriores y los mensajes de Pablo en Hechos atribuyen características de deidad, prerrogativas divinas (como el papel de Salvador) e incluso el título kyrios (“Señor”) a Cristo, las Cartas Pastorales atribuyen la salvación directamente a Dios, con Cristo como Mediador.
Las Pastorales reflejan un cristianismo profundamente marcado por el monoteísmo judío helenista, donde la fe en un único Dios soberano gobierna toda la existencia humana. Sin embargo, este monoteísmo está ahora reinterpretado cristológicamente: el Dios único actúa salvadoramente mediante Jesucristo y por el poder del Espíritu Santo.
Las Pastorales describen a Dios utilizando títulos majestuosos que recuerdan el lenguaje doxológico del Antiguo Testamento y del judaísmo intertestamentario. Por ejemplo, en (1 Tim 1:17) “Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén”, Dios nos es presentado como eterno, incorruptible, invisible, único soberano. Todo este lenguaje usado recuerda a pasajes del Antiguo Testamento como Deut 6:4; Is 40–46; y Dan 4:34–35.
El énfasis principal es la absoluta trascendencia divina. Dios es el Señor de la historia, pues él dirige los tiempos, los gobernantes, la salvación y la misión de la Iglesia (1 Tim 6:15–16) “el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes y Señor de señores”. La soberanía divina no es abstracta, sino que gobierna activa y absolutamente en la historia humana y su salvación.
Una de las características más distintivas de las Pastorales es la frecuente aplicación del título “Salvador” tanto a Dios Padre como a Jesucristo. Ejemplos de ello lo tenemos en textos como 1 Tim 1:1 “Dios nuestro Salvador”, Ti 1:3 “Dios nuestro Salvador” y Tit 2:13 “nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”. Todo esto muestra una estrecha unión entre la obra del Padre y la obra del Hijo.
Esta salvación nace exclusivamente en el propósito eterno de Dios. Las Pastorales enfatizan que la salvación proviene enteramente de la gracia divina y no de los méritos humanos Tit 3:4–5 “Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia.”. Aquí aparecen varias doctrinas fundamentales: gracia, misericordia, regeneración y renovación espiritual todas como iniciativa divina. El mismo Dios que creó el mundo es quien redime al hombre, por lo cual, la salvación sigue siendo profundamente teocéntrica porque las obras no producen salvación, sino son una consecuencia de ella: Ef 2:8–10 “por gracia sois salvos… para buenas obras”. Agustin nos dirá: “La gracia precedió a tus merecimientos. No procede la gracia del mérito, sino el mérito de la gracia”[1].
El propósito eterno de la salvación de Dios para el ser humano se nos revela “quien nos salvó… según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2 Tim 1:9), no como algo accidental o en dependencia de alguna capacidad humana, sino se nos muestra que surge del decreto eterno de Dios, que, además, precede a la historia y que se cumple exclusivamente en Cristo. Desde aquí se desarrollan en las cartas los temas de la predestinación, elección, gracia soberana y perseverancia. Por esto no sin razón, la Confesión de Fe de Westminster (III.1) enseña: “Dios, desde la eternidad, decretó libre e inmutablemente todo cuanto acontece”.
Los pasajes de Epifanía y la deidad de Cristo: El gran “misterio de nuestra fe” es básicamente una Epifanía, una manifestación de Cristo que incluye vindicación y aceptación (1Tim 3:16). Aunque las Cartas Pastorales no son triunfalistas, es decir, no proclaman enfáticamente el éxito del reino de Dios, tienen, no obstante, un fuerte sentido de vindicación. En medio del descreimiento, Dios ha dado a conocer su salvación. Isaías había anhelado: “¡Ojalá rasgaras los cielos, y descendieras! […]. Así darías a conocer tu nombre entre tus enemigos” (Is 64:1-2). Contó la proclamación de Dios: “¡Levántate y resplandece, que tu luz ha llegado!” (60:1), predijo que las naciones vendrían a la luz de Dios (v. 3), y registró las propias palabras de Dios: “Me di a conocer a los que no preguntaban por mí; dejé que me hallaran los que no me buscaban” (65:1).
Las Pastorales utilizan repetidamente el término griego epiphaneia (“manifestación”), por ejemplo, en 2 Tim 1:10; Ti 2:11; 3:4. Con ello se declara que Dios se ha manifestado históricamente en Cristo. Y esto nos lleva a la encarnación como revelación donde Pablo nos dice: “Dios fue manifestado en carne” (1 Tim 3:16). En este himno se resume esta revelación como encarnación, vindicación, proclamación y exaltación. Esto es lo que finalmente Atanasio defendera que “el Hijo eterno verdaderamente asumió carne humana, y que solo este Dios-Hombre puede salvar plenamente al hombre”. Todo esto en consonancia con lo que declaran las pastorales “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim 2:5), uniendo el monoteísmo absoluto, con la mediación exclusiva de Cristo. Se reúnen en su persona Dios y humanidad, trascendencia y redención.
La Segunda Venida de Cristo: Las Pastorales reflejan una falsa escatología propagada por algunos falsos maestros, quienes enseñaban que la resurrección ya se había efectuado (2 Tim2:17–18) “se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó”, es decir, quizás en vista de la demora de la parusía, estos llevaron esta doctrina a una espiritualización extrema, negando la futura resurrección corporal y reduciéndola a una salvación como un conocimiento interior.
Frente a esto las Pastorales, aunque poseen un tono más institucional que otras cartas paulinas, mantienen viva la esperanza escatológica. Así lo muestran textos como Ti 2:13 “aguardando la esperanza bienaventurada”. Esto nos muestra que Dios dirige la historia hacia un juicio final, una manifestación gloriosa de Cristo, que llevara a la consumación del Reino donde “Jesucristo… juzgará a los vivos y a los muertos” (2 Tim 4:1). Con ello finalmente se establecerá la anhelada justicia final, vindicación de los santos, y sobre todo, la derrota definitiva del mal.
Por esto la famosa “Parousia”, que se menciona con la palabra Epifanía en las Cartas Pastorales. Pide “que guardes este mandato sin mancha ni reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tim 6:14), “delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino” (2 Tim 4:1). Y sobre el mismo, el apóstol nos dice que ha peleado la buena batalla y: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Ti 4:8).
En las Pastorales la expectativa escatológica no desaparece, sino que es reorganizada dentro de una Iglesia más institucional, preocupada por la preservación doctrinal, la estabilidad comunitaria y la perseverancia de los creyentes. Estas reflejan un momento histórico donde el cristianismo comienza a enfrentar el retraso de la parusía y las amenazas de doctrinas desviadas, especialmente tendencias proto-gnósticas y formas de “escatología realizada”. La segunda venida continúa siendo central, pero ahora cumple también una función ética, pastoral y apologética.
Aunque las Pastorales poseen un tono más sobrio y organizado que 1 Tesalonicenses o 1 Corintios, mantienen claramente la esperanza del retorno glorioso de Cristo (Ti 2:13). Por esta razón, se hace hincapié en una vida cristiana definida por la espera vigilante, santa, perseverante con orientación hacia el futuro. Si la primera venida de Cristo es la “manifestación” de la gracia salvadora, la segunda venida será la manifestación plena de su gloria en donde se revelará como Juez escatológico (2 Tim 4:1), “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino”. Por lo tanto, su segunda venida implica un juicio universal, una etapa donde llegara la consumación del Reino mostrando la revelación definitiva de la justicia divina.
Eclesiología: Aunque no se dice mucho en las Cartas Pastorales con respecto a la organización de la iglesia, se hace mucho hincapié en el liderazgo de la misma. La primera palabra, episkopos, ocurre solo en singular y únicamente con el artículo definido (1Ti 3:2; Ti 1:7). Dejando otras consideraciones aparte, esto parece indicar a un individuo en vez de un grupo. La palabra presbyteroi, “los ancianos”, aparece (aparte de en 1Ti 5:1; Ti 2:2, donde se refiere a “hombres de edad avanzada”) en 1 Tim 5:17 (“los ancianos que dirigen bien los asuntos de la iglesia”), en 5:19 (“no admitas ninguna acusación contra un anciano”), y en Ti 1:5 (“y establecieses ancianos en cada ciudad”). Con la excepción de 1 Tim 5:19, en las Cartas Pastorales ese término aparece en plural.
Las Pastorales muestran una etapa decisiva en el desarrollo de la Iglesia primitiva, donde el cristianismo comienza a consolidar las estructuras ministeriales, definir las normas doctrinales, la disciplina comunitaria mostrando una identidad visible frente al mundo. Las Pastorales reflejan el proceso mediante el cual las comunidades paulinas evolucionan desde un movimiento misionero carismático hacia una Iglesia más institucional y organizada. Sin embargo, esta institucionalización no debe entenderse como decadencia espiritual, sino como una respuesta teológica y pastoral frente a lo que estaba ocurriendo en su medio, como el desarrollo de falsas doctrinas, divisiones internas, amenazas proto-gnósticas, y sobre todo las presiones sociales del mundo grecorromano.
Los títulos que se le dan a la comunidad reflejan esta preocupación. El concepto eclesiológico más importante en las Pastorales es la Iglesia como “casa” o “hogar” de Dios (1 Tim 3:15) “para que sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad.” Aquí aparecen tres imágenes fundamentales: En primer lugar, se nos dice que la iglesia es casa de Dios, iglesia del Dios viviente, pero también es fundamentalmente columna y fundamento que sostiene la verdad del edificio del evangelio. Otros títulos como “familia divina” utilizan el modelo doméstico (oikos) para describir la vida eclesial como una familia espiritual, ordenada, visible donde exclusivamente se da la enseñanza y cuidado pastoral. Esto refleja el contexto del cristianismo primitivo, donde muchas congregaciones se reunían en hogares privados.
La Iglesia es la guardiana de la verdad doctrinal, es el custodio de la revelación apostólica (1 Tim 3:15) “columna y baluarte de la verdad”, por lo que la verdad no pertenece al individuo aislado, sino a la comunidad apostólica organizada en la cual está “el depósito” apostólico (1 Tim 6:20) “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado” o (2 Tim1:14) “Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo”. Por lo tanto, la iglesia es el lugar donde está la doctrina, la tradición apostólica y la enseñanza autorizada.
Enseñanzas éticas y morales: Quizá la característica más singular de las Cartas Pastorales sea la reiterada insistencia en la integridad ética y moral. Hay una preocupación profunda porque sus dos delegados apostólicos, los líderes de la iglesia y los cristianos de cada día vivan moralmente sin tacha. No es meramente un tema entre tantos ni un asunto reservado para la segunda mitad “práctica” de una epístola, sino uno inextricablemente conectado con la sana doctrina, entretejido en el armazón de toda la enseñanza. Los cristianos no solo deben vivir vidas de santidad interior; deben vivir públicamente de tal manera que demuestren la superioridad moral de la vida cristiana. La dignidad u honorabilidad (semnotetos) era algo importante para los ancianos, de modo que sus hijos los debían ver así (1Tim 3:4). Los diáconos y sus esposas debían también ostentar esta cualidad (3:8. 11, donde se usa el adjetivo semnos, que también conlleva la idea de solemnidad), así como los hombres de más edad y el propio Tito (Ti 2:2.7). Los esclavos debían reconocer que sus amos merecen todo respeto; así evitarán que se hable mal del nombre de Dios y de nuestra enseñanza (1Tim 6:1). Ser irreprochable en su comunidad era algo importante para el obispo (3:2), y los responsables de controlar la “lista” de las viudas tenían que observar su comportamiento de modo que ellos mismos pudieran ser intachables.
La palabra fe cambia de significado: en los primeros días era siempre fe en una Persona; es la relación personal de amor y confianza y obediencia más íntima posible con Jesucristo. Más adelante llegó a ser fe en un credo; llegó a ser la aceptación de ciertas doctrinas. Se dice que en las Epístolas Pastorales podemos ver cómo se produjo ese cambio. Un buen siervo de Jesucristo debe nutrirse de las palabras de la fe y la buena doctrina (1 Tim 4:6). Se exhorta a Timoteo a retener “la verdad que se te ha confiado” (1 Tim 1:14). La palabra para lo que se te ha confiado es parathéké. Parathéké quiere decir un depósito que se le confía a un banquero o a otra persona para que lo conserve a salvo. Es esencialmente algo que hay que devolver sin que haya sufrido el más mínimo cambio. Es decir, se hace hincapié en la ortodoxia.
CONCLUSIÓN
En conclusión, las Epístolas Pastorales representan un testimonio de enorme valor para la comprensión del desarrollo histórico, doctrinal y pastoral de la Iglesia primitiva. A través de 1 y 2 Timoteo y Tito, se puede observar una comunidad cristiana que enfrenta desafíos internos y externos, luchando por conservar la pureza del evangelio frente a falsas enseñanzas, mientras consolida estructuras ministeriales capaces de garantizar la continuidad de la fe apostólica. Estas cartas muestran que la preocupación por la sana doctrina, la vida piadosa y el orden eclesial no surge como un elemento secundario, sino como una necesidad fundamental para la preservación del pueblo de Dios.
Por todo ello, las Epístolas Pastorales continúan siendo extraordinariamente actuales. Sus enseñanzas siguen iluminando el ministerio pastoral, la vida comunitaria y la defensa de la verdad cristiana en medio de sociedades marcadas por la confusión doctrinal, el relativismo y la crisis moral. En ellas la Iglesia encuentra no solo una memoria del pasado apostólico, sino también una guía permanente para permanecer firme en la fe, guardar el buen depósito y proclamar fielmente el evangelio de Jesucristo a cada generación.
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